Artículo de Juanfer Ruiz sobre la importancia de las bandas de música en la Semana Santa
Fotografía: Banda de Música de Puente de Génave
JUANFER RUIZ
Bajo la luz tenue de los cirios, cuando la noche se vuelve casi sagrada y el aire pesa con incienso, él afinaba su instrumento con manos que no terminaban de obedecerle. No era creyente, nunca lo había sido. Su mundo siempre había estado hecho de notas, de silencios medidos, de escenarios y aplausos. Pero aquella noche… aquella noche era distinta. El murmullo de la gente se apagó como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Solo quedó el roce de las túnicas, el leve crujir de la madera y el susurro del viento que parecía contener la respiración. Entonces, el paso apareció. Majestuoso. Lento. Doloroso. Las andas avanzaban con ese compás que no se aprende, que se siente. Los costaleros, ocultos bajo el peso, caminaban como un solo cuerpo, como si cada latido fuera compartido. Él los miró y sintió algo que no supo nombrar: respeto, quizás… o algo más profundo. Y luego la vio. La Virgen. No era solo una imagen. No podía serlo. Había en su rostro una tristeza que atravesaba cualquier barrera, incluso la suya. Una pena antigua, infinita, que hablaba sin palabras. Y en ese instante, sin saber por qué, pensó en una madre… en cualquier madre… en el dolor imposible de sostener cuando un hijo sufre. Tragó saliva. Le tocaba. Alzó el instrumento y, por primera vez en su vida, no buscó la perfección. No pensó en técnica, ni en partituras, ni en el tempo exacto. Cerró los ojos… y dejó que la emoción encontrara su camino. La primera nota salió temblorosa. Pero era real. El sonido se expandió entre las calles estrechas, rebotando en los balcones, elevándose por encima de los capirotes y las velas. Y algo cambió. No en la procesión… en él. Sintió la piel erizarse. Sintió un nudo en la garganta. Siguió tocando. Cada nota parecía arrastrar consigo un pedazo de ese dolor que flotaba en el ambiente.
La Pasión… no como historia, sino como presencia. Como si, por un instante, el tiempo se hubiera doblado y todo estuviera ocurriendo ahí mismo: la caída, el peso de la cruz, el silencio desgarrador antes del último aliento. Y la Madre. Siempre la Madre. Cuando llegó al pasaje más suave, casi un suspiro, ya no pudo contenerse. Las lágrimas comenzaron a caer sin pedir permiso, resbalando por sus mejillas mientras seguía tocando. No dejó de hacerlo. No podía. Porque ya no era suyo.
Aquella música no le pertenecía. Era de ellos. Del Cristo que avanzaba en silencio. De la Virgen que lloraba sin moverse. De los costaleros que cargaban no solo madera, sino fe. De la gente que miraba con el corazón en la garganta. Terminó la marcha. El último acorde se perdió en la noche como una oración que no necesita respuesta. Bajó el instrumento lentamente. Sus manos seguían temblando. Respiró hondo, como si acabara de salir de un lugar del que no sabía que había entrado. No se había vuelto creyente. No de la forma en que otros lo eran. Pero algo había cambiado. Porque entendió, por primera vez, que hay verdades que no necesitan explicación… solo ser sentidas. Y mientras la procesión seguía su camino, él se quedó unos segundos más, en silencio, con el corazón abierto y los ojos aún húmedos, sabiendo que, aunque no supiera rezar… aquella noche, de alguna forma, había rezado tocando. Y mientras la procesión seguía su camino, perdiéndose poco a poco entre la penumbra de las calles y el murmullo lejano de los pasos, él se quedó unos segundos más, inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido solo para él. El aire aún vibraba con las últimas notas que habían salido de sus manos, suspendidas en algún lugar entre el cielo y la tierra. Respiró hondo, con el pecho lleno de algo que no sabía nombrar, y dejó que el silencio lo envolviera. Tenía el corazón abierto, desarmado, latiendo con una fuerza nueva, y los ojos aún húmedos, no de tristeza, sino de una emoción tan profunda que parecía haberle nacido desde dentro, desde un lugar que jamás había explorado. No entendía muy bien lo que había ocurrido. No sabía si había sido la música, la noche, las luces temblorosas o la fe de quienes caminaban despacio frente a él… pero algo había cambiado. Miró sus manos, todavía temblorosas, como si no fueran del todo suyas, como si hubieran sido guiadas por algo más grande, algo invisible y, sin embargo, absolutamente real. Y entonces lo comprendió, no con la razón, sino con el alma. Supo que, aunque no supiera rezar, aunque nunca hubiera aprendido las palabras correctas ni los gestos precisos, aquella noche había hablado de la única forma en la que verdaderamente sabía hacerlo.
Había ofrecido cada nota como quien entrega un susurro, cada acorde como quien deja caer una verdad, cada silencio como quien escucha. Y en ese instante, con el eco aún vivo en el aire y el mundo retomando su curso, sonrió levemente, con una mezcla de asombro y paz. Porque entendió, por fin, que no todas las oraciones se dicen… algunas simplemente se sienten. Y la suya, aquella noche, había llegado más lejos de lo que jamás habría imaginado.








