La publicación se detiene en la identidad y territorialidad del paisaje cultural de la provincia jiennense

“Dos miradas a los paisajes de Jaén”, de Sebastián Lozano y Claudia Antonelli, se ha presentado este miércoles 10 de diciembre en la Biblioteca Literaria Giennense de la Diputación Provincial.

“Siempre me ha interesado mucho el paisaje, como recurso en mi faceta ruralista o de desarrollo rural como elemento identitario en las marcas de calidad territorial;  en mi pintura, tanto que una exposición mía titulada “El valor del paisaje” ya he recorrido diez poblaciones de la provincia; o en la literatura, ya que en mis novelas las descripciones de los paisajes son una marca de mi estilo.

Escribía Azorín:

El paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu, sus melancolías, sus placideces, sus anhelos, sus tártagos. Un estético moderno ha sostenido que el paisaje no existe hasta que el artista lo lleva a la pintura o a las letras. Sólo entonces-cuando está creado en el arte- comenzamos a ver el paisaje en la realidad”.

La identidad/territorialidad/Paisaje cultural

El paisaje cultural es el resultado de un proceso físico/geológico/climático/biológico en un lugar y un proceso social, la intervención humana sobre ese lugar, la acumulación histórica de la intervención humana sobre el territorio. El paisaje cultural o la territorialidad tiene mucho que ver con la identidad.

Perfectamente diferenciamos una imagen de la isla volcánica de Lanzarote con sus cultivos de vides en hoyos sobre las tierras negras volcánicas del de las vacas pastando sobre pastos verdes en la vertiente atlántica del norte de España o de gran parte de Europa húmeda o de los campos de olivares del mediterráneo.

Los cánones de belleza sobre el paisaje

A lo largo de los siglos, la humanidad ha ido definiendo unos cánones sobre la belleza y sobre el paisaje que hemos convertido en el paradigma para determinar la armonía o la fealdad de un espacio. Nosotros hemos salido con nuestros cánones no escritos, pero que se dejan ver cuando los describimos o los pintamos.

El patrimonio del paisaje cultural es muy vulnerable

La evolución de la sociedad y de la economía plantea diversas intrusiones en el paisaje supuestamente natural y geométricamente organizado a partir de las primeras roturaciones y de los intentos sucesivos de explotación agraria, ganadera o forestal. La naturalización del paisaje como paradigma de belleza choca en nuestra sociedad con los grandes desarrollos urbanos, la evolución demográfica, la dimensión de los asentamientos humanos y el conjunto de la actividad económica de transformación caracterizada por la industria, y las infraestructuras del transporte.

Por todo ello, el paisaje constituye la parte más grande y valiosa, pero también más vulnerable y frágil, de nuestro patrimonio colectivo.

Hay que frenar el impacto de nuevas actividades que devalúan nuestros paisajes culturales, como en las nuevas autovías, con sus taludes desnudos como heridas sangrantes en medio de los olivares.

Las perspectivas del valor cultural del paisaje

El valor cultural del paisaje, además de su papel esencial en la identidad de los territorios y comunidades rurales, abarca una amplísima gama de perspectivas: naturalista, histórica, etnográfica, artística, geográfica…

Hay tantos paisajes como miradas.

Puede ser el escenario generado por la naturaleza o sus componentes en su relación con el medio: los Cañones de Jaén, los órganos de Despeñaperros, la ruta de los zumaques de Alcalá, el desierto de Larva, el pinar de Cazorla y Segura, los encinares de Sierra Morena, la Cimbarra de Aldeaquemada, los ríos y los bosques de ribera, de álamos y chopos, y los extensos carrizales.

Puede tratarse de la huella humana, que modela y singulariza el territorio a través de actividades productivas. La agricultura ha constituido el principal agente modelador de nuestro paisaje, clave de un legado, en proceso de desaparición como consecuencia del cambio en las técnicas de cultivo o de las producciones. El olivar en sus diferentes espacios (campiña, sierra, con tierras calcáreas o férricas, tradicionales o intensivas); los cereales, el cultivo del cerezo, la vid, el almendro, la higuera o el pistacho. Los pantanos; las fábricas…  La minería que produce con frecuencia un importante impacto sobre su entorno. Sin embargo, numerosas explotaciones mineras hoy abandonadas pueden suscitar un especial interés histórico, social o estético que se transfiere a los paisajes mineros como Linares y Sierra Morena.

Puede ser la mirada histórica, que recoge, con desigual intensidad, rasgos de distintas épocas. Estos vestigios pueden ser a veces evidentes, como algunas construcciones, representantes de un pasado más o menos lejano (castillos, monasterios, iglesias, torreones, puentes), y otras veces sutiles, como sucede con huellas en el paisaje más antiguas o discretas, como las pinturas de la prehistoria o los yacimientos iberos.  El vínculo entre historia y paisaje puede ser también completamente inmaterial, como ocurre con acontecimientos que no han dejado rastro alguno sobre el terreno, pero en los que el paisaje desempeñó un importante papel como escenarios de los hechos: los campos de batalla de Las Navas de Tolosa, Bailén, Campillo, Baécula o la Guerra Civil en Lopera.

La mirada puede ser literaria que establece numerosos vínculos con el paisaje, que aparece en algunos casos como protagonista de la creación o, más frecuentemente, como escenario en el que se desarrollan sus contenidos principales: Antonio Machado y los campos de Baeza; Jorge Manrique y la Sierra de Segura y Chiclana; Antonio Muñoz Molina y las huertas de Úbeda; el Marqués de Santillana y sus Serranillas en Mágina; Almudena Grandes y los paisajes de Sierra Sur de su novela “El lector de Julio Verne”.

Bien puede tratarse de imágenes creadas, en las que el paisaje se convierte en protagonista como estímulo e inspiración, escenario o resultado del proceso creativo. El paisaje es una experiencia estética. Con independencia de su origen, significado o utilidad, el territorio percibido se valora como fuente de belleza; una belleza que reside en lo que nos evocan sus formas, colores y sonidos. Este valor inmediato del paisaje puede ser elaborado por el arte que se inspira en él, o bien el arte puede sumergirse y hacerse uno con el propio paisaje. La pintura desvela a menudo el valor estético de los lugares que trata, cuyo paisaje, a menudo, no había recibido anteriormente ninguna atención. Modelar el paisaje para crear nuevos escenarios como espacios de arte. Por ejemplo: Huerta de los Frailes.

Las creencias son desde siempre motivo de encuentro entre personas, y un vínculo con el paisaje que las acoge. En especial, las prácticas religiosas y los lugares de culto han estado ligados tradicionalmente en el medio rural a los modos de vida, sus tradiciones y sus paisajes. Por ejemplo: el santuario de la Virgen de la Cabeza, la Virgen de Cuadros…

La muerte concita la reunión de familiares y amigos en torno al difunto. El paisaje funerario como lugar de encuentro y despedida.

El paisaje es importante en el plano cultural, ecológico, medioambiental y social y es un recurso favorable a la actividad económica, cuya protección, gestión y ordenación apropiada puede contribuir al desarrollo.

Nuestros paisajes son memoria, individual y colectiva; son oportunidades del presente, y son expectativa de futuro.

El paisaje es un lugar de encuentro. Quienes habitan o visitan un territorio pueden encontrase en y a través de su paisaje. Ese encuentro puede alcanzar a personajes relevantes del presente o del pasado por medio de un paraje compartido. También es un aula que acoge a alumnos de todas las edades y, al mismo tiempo, es la asignatura que se imparte en ella. Pero, ante todo, el paisaje es lugar de avenencia y de afinidad que rompe barreras entre las personas que lo comparten.

La conservación del paisaje es la preservación de la identidad comunitaria ligada a los pueblos y a la cultura rural.

Motivación:

  • Terminar yo de descubrir muchos rincones y paisajes de nuestra provincia.
  • Enseñárselos a mi hija.
  • Llevar a cabo una experiencia conjunta artística.

Esta obraes el resultado de dos miradas diferentes: Claudia Antonelli, mi hija, que artísticamente utiliza su apellido materno, una joven ilustradora; y la mía, con mayor trayectoria vital –una forma amable de decir más viejo-, escritor a ratos, pintor, ruralista y activista cultural.

Han sido veintisiete paseos compartidos por distintos rincones de Jaén durante los últimos cinco años, con pandemia por medio. Salidas prácticamente sin planificar, donde lo importante era la primera impresión de lo que veíamos, sin dejarnos influir por lecturas previas. Posteriormente en el estudio, ambos hemos ido modelando esa mirada en bruto inicial para trasladarla al formato de este libro.

No es una guía turística ni un relato de viajes, sólo una experiencia artística y literaria recorriendo una pequeña porción de los paisajes de la provincia. No están todos ni los más importantes. Son aquellos a los que hemos llegado por la improvisación y el coche, pero resultando un buen muestrario de la tipología de paisajes a los que antes hice mención”, explican los autores de esta publicación en la introducción del libro.