Montserrat Rayo rememora el descarrilamiento de un tren en Marmolejo el 14 de septiembre de 1971, con una decena de fallecidos y donde su padre, jefe del puesto de la Guardia Civil, organizó el dispositivo de rescate de las víctimas
MONTSERRAT RAYO
Empezaré por expresar mi condolencia a los familiares de las personas fallecidas en el tristísimo choque de trenes de este domingo en Adamuz (Córdoba). Como a cualquiera, de inmediato se me hizo un nudo en el estómago al ver e imaginar el sufrimiento que las consecuencias de la mala fortuna estaban ocasionando. Y, a continuación, me vino el recuerdo de mi padre, Luis Rayo Olmo, cuando por el año 1971 era Comandante del Puesto de la Guardia Civil de Marmolejo (Jaén).
El 14 de septiembre de ese año me encontraba viendo una película en uno de los cines de verano de esa localidad, cuando alguien vino a decirme que me fuera para mi casa, en el cuartel. En el apeadero próximo a Marmolejo acababa de producirse el descarrilamiento de un tren Talgo, el más avanzado en aquella época.
Al llegar al cuartel vi salir a mi padre con todos los efectivos con los que contaba y dirigirse rápidamente al siniestro.
Un agricultor que andaba por las inmediaciones del lugar había oído un estruendo que recorrió varios kilómetros.
Una época en la que no había ambulancias medicalizadas, hospitales con la dotación que hoy conocemos ni maquinaria para la excarcelación de cuerpos ni grúas para levantar amasijos de hierros…
En aquel primer momento tan solo las manos de aquellos miembros de la Benemérita y los cientos de voluntarios marmolejeños, que en un operativo organizado por mi padre fueron sacando a la decena de víctimas mortales y varios heridos para llevarlos hasta los médicos u hospitales más cercanos. Y, dicho sea de paso, mientras Dámaso Alonso gruñía por la incomodidad de su situación, a pesar de no estar herido.
En mi recuerdo, las fiembreras con comida que mi madre preparó para tres días consecutivos del mismo modo que lo hicieron las demás esposas del acuartelamiento. Aquellos mismos recipientes volvieron llenos, porque no solo no había tiempo que perder, más aún porque no había quien pudiera tragar alimento a la vista de la desgracia ocurrida.
A pesar de que mi padre nunca habló de lo ocurrido, al poco tiempo del luctuoso suceso llegaron dos cartas que, en alguna medida, le reconfortaron el ánimo.
La primera era del secretario del Ministro de la Gobernación informándole que le habían concedido la más alta condecoración, la Cruz de la Beneficencia, por haber llegado con tanta presteza, salvar vidas y aliviar el dolor de los heridos gracias a aquel operativo improvisado por el que se hacían camillas con los restos del tren y donde los vecinos aportaban sus vehículos y esfuerzos para acercar a los heridos a los hospitales.
La segunda carta, fue para él tremendamente emotiva porque había rescatado de aquel amasijo a un niño, que falleció, y a su madre que tras el golpe se encontraba mal herida e inconsciente. El sargento Rayo Olmo ordenó que no entrara nadie en aquel vagón, dada la inestabilidad y sobre todo, por las condiciones en las que había quedado la mujer. La cubrió con los papeles de periódico que encontró a mano y la sacó fuera, a solas para finalmente ser trasladada al centro sanitario de Andújar.
Al no ser un miembro valorado como afecto al Régimen, la primera comunicación oficial que le otorgaba la máxima distinción quedó en papel mojado y, por más que he intentado su otorgamiento, aunque sea a título póstumo, no lo he logrado.
Sin embargo, la ciudad de Marmolejo sí que le concedió la medalla de oro de la ciudad por su actuación en aquellos días.

