Berenice publica El corazón de las golondrinas, de Alejandro López Andrada, un viaje a la infancia y a la tierra
“Es curioso observar cómo nos van conformando los colores, los olores y sonidos que ayer nos habitaron y dejaron una huella perenne en nuestro espíritu. Hay espacios que un día nos marcaron, como en mi caso el de aquel bello y pródigo reino de los pájaros que conocí cuando era muy pequeño y, por muchas razones, aún sigue irisando los viejos caminos que cruzan mi interior”, escribe Alejandro López Andrada en El corazón de las golondrinas, una mirada al niño que fue y al campo que habitó y donde aprendió la vida. En estas casi trescientas páginas, el autor regresa a sus recuerdos de crío, que comparte generosamente con el lector. Nos presenta así al abuelo Pepe, “un mago sin chistera”, siempre riendo en tiempos complicados para la felicidad, a la pareja de mastines Marquesa y Olivero. Describe al pastor Eleuterio Jarilla, de quien tanto aprendió, a sus hermanos, su padre, pescador de río, a su amigo Lolo y a Eulalio, que con el tiempo tuvo que emigrar, los viajes en coche, la caza de pájaros, que tan mal sabor de boca le dejó y tan culpable le hizo sentir a medida que fue creciendo. A las lavanderas que restregaban la ropa con el fondo musical de Juanito Valderrama o Antonio Molina.
Las tardes de verano, de calor tórrido, la colección de pájaros que se dejaban ver en El Lentiscar, desde abubillas a gorriones. Y las golondrinas, siempre, ocupando el podido de las aves por las que López Andrada sentía y siente un cariño especial, una conexión diferente. “Los mejores instantes de la niñez no mueren, lo mismo que los lugares singulares donde fuimos felices en esa época crucial de nuestra existencia. Nada se diluye en los cuévanos blancos de nuestro corazón…”, aunque, a veces, cuando volvemos a ellos ya no son como los recordamos.
“Lo que más me agradaba hacer en El Lentiscar era salir a buscar nidos con mi abuelo, pero también me encantaba recrearme —tras sentarme en un pico del corral— en observar un lagarto gigantesco que tenía su guarida, o su enigmático refugio, en un albañal pegado a los establos, que comunica ba al otro lado de la casa atravesando una onírica pared en la que anidaban muchísimos murciélagos y que yo bauticé como la Pared del Miedo”. A ese lagarto que dejó sin cola y le dio el disgusto de su infancia, menos mal que el abuelo estaba siempre cerca.
Este libro es el campo, los animales, los de cuatro patas y los de dos, la pléyade de aves que conocía casi una a una por su nombre, los juegos infantiles y la huella que ha ido dejando el cambio climático en las estaciones y en casi todo ser vivo; pero, sobre todo, El corazón de las golondrinas es una mirada hacia lo que el autor fue, niño primero, hacia cada uno de esos días que le hicieron ser lo que es hoy, un hombre con tierra en los zapatos al que no le gusta el bullicio de las grandes ciudades y sí el silencio de la vida detenida.
Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) comenzó a escribir muy joven y hasta la fecha ha publicado poemarios como “El Valle de los Tristes” (1985), “La tumba del arco iris” (1994), “Los pájaros del frío” (2000), “La tierra en sombra” (2008) y “Las voces derrotadas” (2011).
Ha recibido premios como el Nacional San Juan de la Cruz, Iberoamericano Rafael Alberti, José Hierro, el Andalucía de la Crítica, el Fray Luis de León y el Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”, entre otros. Ha escrito asimismo poesía infantil («La niña de los luceros»), una celebrada trilogía sobre la desaparición del mundo rural («El viento derruido», «Los años de la niebla» y «El óxido del cielo») y doce novelas, una de las cuales, “El libro de las aguas”, fue adaptada al cine por Antonio Giménez-Rico.
Tras “El jardín vertical” y «Entre zarzas y asfalto», obtuvo el Premio Jaén de Novela, uno de los más prestigiosos del país, gracias a «Los perros de la eternidad». En «Los árboles que huyeron» (Berenice, 2019) abordó el primer tramo de sus memorias, y en «Un jilguero en el ático» (Berenice, 2023) evocó la historia de amor de un sacerdote. Hijo Predilecto de su localidad natal, en 2007 se dio su nombre a una plaza de la misma. En ella se encuentra la casa donde nació.
