Antonio Aguilera, de la Fundación Savia, relata su experiencia en un viaje, con mucha carga reivindicativa, por las altas cumbres de la Sierra de Segura
Antonio Aguilera Nieves:
Las luces y las sombras están en guerra perenne. En la mente, entre el éxtasis y la depresión. En las relaciones sociales entre la generosidad y el egoísmo. En las civilizaciones entre los principios y el poder. En el mundo, entre la concordia y la tiranía. La tierra y el sol tienen su baile de luces y sombras, de solsticios y equinoccios, inspiradores de todo lo demás.
El sábado 21 de diciembre de 2024 a la fría y oscura hora de las tres de la mañana en el hemisferio norte se ha producido el solsticio de invierno. La luz vuelve a triunfar. En ese momento, empezó a crecer, ganando espacio a la oscuridad. Y lo festejamos, siempre han sido fechas alegres para todas las civilizaciones.
Los antiguos romanos celebraban las Saturnales, dedicadas lógicamente al dios Saturno, el señor de las cosechas y la agricultura. Desde allí, poco ha cambiado más allá de que cada Pueblo guste de sus ritos y explicaciones.
Con todo, se repiten, misteriosamente, ciertos patrones. Porque, también los romanos y otras culturas, ponían en el solsticio mercadillos, encendían velas y fogatas, se hacían regalos, fabricaban pasteles especiales que intercambiaban con amigos y familiares. Los señores sentaban a la mesa a los esclavos. Se daba espacio preferente a la alegría de los niños, se honraba a los ancianos, se recordaba con nostalgia a los fallecidos.
La cristiandad renombró este tiempo y lo asoció al nacimiento del niño Dios. Nada nuevo, antes ya se veneraba al dios persa Mitra, que había nacido de una virgen y que moría y resucitaba cada año. Tal como lo hacen las semillas, que se pudren bajo tierra para volver a germinar, florecer y dar frutos al año siguiente. Idea del ciclo natural que los romanos simbolizaron en Saturno. Pablo de Tarso, gran ideólogo, fundió el sentir popular en una creencia que se expandió entre judíos y gentiles primero, a mucha humanidad después.
En el hemisferio norte, superado el solsticio de invierno, la luz se abre paso. La humanidad siempre ha celebrado como propio ese triunfo. A cada día, el Sol ganará un poco la batalla en el amanecer y el atardecer. Avanza enero y la Epifanía hace honor a su significado y se revela. Epifanía, manifestación de la luz.
Son las fechas en las que un grupo de amigos, desde hace diez años, lo aplaudimos subiendo a la asombrosa y cautivadora Sierra de Segura. Una idea impulsada por Antonio Rodríguez Ocaña y a la que nos hemos sumado muchos otros en esta década. Recorrer la maravillosa altiplanicie de los Campos de Hernán Pelea, las aldeas perdidas, subir a las cumbres, transitar sus veredas, sendas y barrancos. Conocer y conectar con un territorio y sus gentes. Pasar frío, tocar nieve, hacer camada en torno a una buena chimenea y el cordero segureño forman parte del ritual.

En la epifanía del estrenado 2025 hemos tenido oportunidad de subir al alto de las Empanadas (2.106 m.) y al calar de las palomas (1.964 m.). Ascensos invernales que hacen más atractivo si cabe el disfrute de la montaña y los horizontes amplios.
Como rito, cada vez que vamos, rendimos tributo a Galapán. El término es conocido por la mayoría como un medicamento para animales. Para nosotros es un pino soberbio, majestuoso, una obra de arte de la naturaleza que merece mucha más atención y protección. El Galapán es un pinus nigra (subespecie salzmannii) de unos 40 metros de alto, 550 años aprox. y 16,5 m de perímetro de tronco. Situado en la rambla de la Juan Fría, junto a los imponentes Campos de Hernán Pelea, el altiplano más grande cautivador de la península ibérica. El origen del nombre sigue intrincando. Unos, dicen que el ladrón Galapán escondía sus tesoros en una cueva cercana. También, Galapán en la comarca significa “ser tan espigado y buen mozo”. Quizás ambas explicaciones unidas tengan la verdad si es que el tal ladrón hubiera sido espigado y buen mozo. Al pino Galapán dicen que lo indultó el Almirante de Cazorla en los tiempos en que esta sierra era considerada provincia marítima para que la armada pudiera aprovecharse de sus excelentes producciones madereras para la construcción de barcos.
Pudimos cruzar en vehículos los Campos de Hernán Pelea, no había nieve. De eso recibimos lamentaciones de los vecinos y ganaderos. Cada vez menos nieve, cada vez menos frío. Estas tierras lo necesitan en invierno para dar forma a los pastos veraniegos, para cumplir los ciclos vitales, para alimentar al ganado que da sentido e identidad a esta tierra, la madre del cordero segureño.

