Antonio Aguilera, de la Fundación Savia, relata su experiencia en un viaje, con mucha carga reivindicativa, por las altas cumbres de la Sierra de Segura
Las ovejas segureñas fueron traídas a la península por los visigodos. Su tronco es entrefino, su aspecto es grácil, y tiene dos variedades, la blanca y la rubisca. Es una raza de montaña, atlética y muy adaptada a su medio, con clara aptitud cárnica, produciendo canales de excelente calidad.
Es la Sierra de Segura, tierra de ganaderos trashumantes. No se conciben estos paisajes sin ellos, porque ayudan a moldearlos y son los que mejor los conocen como así nos demostró Ernesto Ángel, natural de El Patronato, que se unió al equipo y nos descubrió con un conocimiento enciclopédico de hombre crecido entre pedregales, los nombres, leyendas, saberes, sendas, señales de los espacios por los que caminábamos. Un lujo hacer camino junto a él y comprobar cómo, a cada paso, la montaña le hablaba, y lo más importante, él sabía escucharla.
Porque la gente de Segura es como el buen pan, de corteza firme y crujiente y migajón algodonoso. Pudimos también comprobarlo con Pedro y Saida, regentes de la Casa Dulce Posada ubicada en la mágica Nava de San Pedro, situada cuanto al camino, por fortuna aún sin asfaltar, que diseñó el ingeniero Macay para conectar Cazorla y Santiago de Pontones. Existe la posada desde el siglo XVIII según consta en las rutas de los trashumantes, estraperlistas y resineros. Es de San Pedro por la histórica veneración de los residentes en cortijos cercanos (más de 500 personas a comienzos del siglo XX) al apóstol. Su capilla se quemó en 1986, milagrosamente salió ileso el santo. Su tocayo Pedro, el posadero, que también es albañil y generoso, acaba de construirle un digno templete y proyectan recuperar el próximo verano, último fin de semana de junio, la tradicional romería en su honor. En la zona era por San Pedro cuando los niños hacían juntos su primera comunión.
Es muy inspiradora la lección de vida que nos ofrecen Saida y Pedro que han sabido encontrar su lugar en el mundo en estos parajes tan bellos como apartados. Al igual que Rafael y Maribel, una familia de brazos abiertos y trabajadores que hace unos años pasaron por Don Domingo, se enamoraron del lugar y, como dice el rótulo que hoy luce en su casa, han logrado que la aldea en la que acaba la carretera, reserva Starlight por la calidad de sus cielos, haya sido también “declarada Patrimonio de la Humanidad por sus vecinos y amigos”. Y bien que seguirán Maribel y Rafael atesorándolos, y buenos, pues se han convertido en referentes de la puesta en valor del carácter serrano. En los últimos tiempos, a su equipo se ha sumado Mari Carmen, una joven zorrita que acude cada tarde a por su alimento. Han establecido un precioso vínculo que hace real la idea de que es posible, bueno y beneficioso una convivencia armoniosa entre las personas y los animales del entorno. Durante unos días hemos sido sus huéspedes, para el resto sus amigos y en cierta medida deudores, porque a todos nos queda la necesidad de tratar de devolverles tanto que han sabido transmitirnos.
El nacimiento del río Segura, uno de los más bellos de todo el mundo, sigue sin fluir. La confederación hidrográfica tiene colocados diversos medidores repartidos estratégicamente en las cabeceras de cuenca. Sigue sin manar el agua en las cabeceras de ríos y arroyos, muy mala noticia porque es imprescindible para tantos hasta su desembocadura. Estamos frente a un gravísimo problema estructural ante el que no se hace nada.
El mundo rural y su gente, los imprescindibles, están viendo, y sufriendo de forma cercana la deriva de la falta de oportunidades. No es el despoblamiento un problema sino la consecuencia de otras muchas carencias, fatalidades e incompetencias. Así lo están comprobando numerosos jóvenes que después de formarse en las mejores universidades y haber adquirido experiencia en el mundo quieren continuar su vida en la sierra y se encuentran con mil obstáculos en un momento en que la tecnología todo lo hace posible pero la ineptitud la bloquea.
Hace unas décadas, un dictador expulsó a centenares de familias de sus casas en la Sierra de Segura porque quiso hacer de la zona un coto de caza. Es un episodio aún demasiado poco conocido que es necesario airear para que sirva de aprendizaje. Muchos se resistieron y les dinamitaron los cortijos, algunas casas y poblados aún siguen en pie como mudos testigos de que hay personas que quisieron, que siguen queriendo que esta sea la tierra en la que cada mañana vean salir el sol, y es nuestra responsabilidad, la de todos, que resulte viable, porque todos queremos sentirnos en el derecho de vivir y trabajar dignamente. Trabajar por un binomio virtuoso entre conservación y progreso que haga bueno el saber popular de que es la tierra que nos da cobijo y nos alimenta la que tenemos la obligación de cuidar.
En unas semanas, ese niño nacido en el solsticio cogerá fuerza, ese sol creciente, hará viva la candela, llegará el tiempo de candelaria que traerá la savia a las ramas para que apunten nuevas yemas que se desplegarán primero en hojas y flores.
El sol y su hermana lluvia de primavera lograrán desplegar fragancias y generar azúcar que libarán las abejas y miles de insectos imprescindibles en la cadena natural, pues ayudarán a una fecundación que se transformará en frutos; cada vez más anticipados por las olas de calor, momento en que volverá a salir a la palestra los problemas del cambio climático generado por la actividad industrial y comercial humana.
Debate al que se sumarán, lastimosamente, los cada vez más frecuentes desastres, cataclismos, huracanes, inundaciones, mientras las grandes corporaciones se esforzarán para que no falten en los lineales toda clase de alimentos que hagan sentir a la población que, pese a todo, el sistema funciona. Algunos, cada vez más, nos esforzamos en buscar el producto local, cercano, ecológico, en canales cortos de comercialización, que son los que permiten mejores rentas al sector primario, tan necesario como denostado. Granitos que debemos ir aportando para lograr hacia la necesaria transición ecológica, social y justa.
Crecerá el sol hasta llegar a su máximo apogeo por San Juan, dentro de unos meses, cuando estén sonando los cencerros de las segureñas en la altiplanicie verde, momento que resulta muy distópico mientras caminamos, en la epifanía, por las deslumbrantes cumbres y neveros de la Sierra de Segura.
