Tribuna de Jaime Lillo, director ejecutivo del Consejo Oleícola Internacional (COI), en el Día Mundial del Olivo
Fotografía de portada: finca de olivar ecológico en el municipio de Castellar, en la comarca jiennense de El Condado-
JAIME LILLO
El olivo no es solo un árbol: es una civilización entera. A su sombra se escribieron los primeros códigos agrícolas del Mediterráneo, se forjaron pactos y se sellaron paces. Hoy, puedo afirmar que es un símbolo de cooperación, innovación y de un futuro sostenible. Por eso, más de treinta países —los principales productores y exportadores del mundo— han dado su apoyo hace unos días a la Declaración de Córdoba, un documento que reconoce la dimensión global de este cultivo milenario y su papel como puente entre continentes, culturas y generaciones.
Porque el olivo se cultiva ya en los cinco continentes y su expansión no responde solo a razones comerciales, sino a su potencial para alimentar de forma sana, mitigar el cambio climático y sostener comunidades rurales. Ese equilibrio entre lo productivo y lo sostenible es, precisamente, lo que la declaración busca consolidar: un modelo de cooperación basado en la ciencia y en la confianza mutua.
El Consejo Oleícola Internacional y el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de España, hemos sido el motor de esta convergencia, con un claro mensaje: el futuro del olivar dependerá de nuestra capacidad para integrar conocimiento, innovación y respeto a la tierra. No se trata de preservar una herencia, sino de proyectarla hacia un mundo que necesita alimentos más saludables y sistemas agrícolas más justos.
La campaña 2024/2025 cerrará con una producción mundial récord de 3,57 millones de toneladas de aceite de oliva, un 5% más que el anterior máximo, y con un incremento de exportaciones del 27%. España sigue siendo el principal referente, pero el crecimiento es global. Entre un 35% y un 40% de la producción se destina hoy al comercio exterior, un dato que muestra la fortaleza de un producto que genera riqueza y empleo, especialmente en el medio rural, donde el olivo es sinónimo de arraigo y oportunidad.
Pero el valor del olivar no se mide solo en cifras. Representa más de once millones de hectáreas que actúan como un sumidero natural de carbono, con una capacidad media de absorción de 4,5 toneladas de CO₂ por hectárea y año. Es claro ejemplo de agricultura climáticamente inteligente que puede abrir nuevas vías de ingresos para los agricultores en los mercados voluntarios de carbono.
El compromiso del sector con la sostenibilidad se extiende también a la conservación de la biodiversidad. Más de 1.800 variedades de olivo están protegidas en una red internacional de bancos de germoplasma, y el próximo año se depositará material genético en la Bóveda Mundial de Semillas de Svalbard, en el Ártico. Es una forma de asegurar que el olivo, patrimonio común de la humanidad, siga vivo incluso frente a los efectos más extremos del cambio climático.
La aportación del olivar a la salud es igualmente decisiva. Más de 1.000 estudios científicos demuestran que el consumo regular de aceite de oliva virgen extra reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares, metabólicas y neurodegenerativas. Ensayos como el PREDIMED confirmaron que una dieta mediterránea enriquecida con este aceite disminuye un 30% la incidencia de enfermedades del corazón. Por eso, integrar el aceite de oliva en las estrategias de salud pública no es solo una cuestión gastronómica, sino de prevención y bienestar social.
La Declaración de Córdoba sintetiza este triple compromiso —económico, ambiental y sanitario— y lo proyecta hacia el futuro. Los países firmantes acordamos impulsar políticas públicas que reconozcan el valor estratégico del olivar, promover la investigación y la cooperación científica, y armonizar normas internacionales que garanticen la calidad de los productos y protejan los derechos de los consumidores. También apostamos por la educación y la divulgación, de la mano de chefs, científicos y comunicadores, para que los ciudadanos conozcan mejor un alimento que representa equilibrio y cultura. El olivo nos enseña una lección sencilla: la sostenibilidad no es renuncia, es inteligencia colectiva. Cuidar el olivar es cuidar la tierra, la salud y la convivencia. Desde Córdoba, hemos enviado un mensaje que trasciende fronteras: que la paz, el progreso y el bienestar pueden tener una raíz común. Y esa raíz la que celebramos hoy, Día Mundial del Olivo
