Montserrat Rayo reflexiona sobre la historia la Señora de Noalejo, una brava mujer de origen encartado
MONTSERRAT RAYO
Ilusionarse es uno de los verbos reflexivos que más nos ayudan en el día a día de nuestras vidas. Soy una mujer con ocho apellidos de Noalejo (Jaén) y, sin embargo, varios de ellos pertenecen a esa bella tierra a la que pusieron por nombre Las Encartaciones de Vizcaya.
El pasado 11 de marzo se llevó a cabo la presentación de la publicación promovida desde el Ayuntamiento de Noalejo y la Universidad de Jaén, “El Señorío de Noalejo. (Siglos XVI-XIX). Repoblación y poder señorial en un territorio de frontera.” (Ed. Dykinson). Un libro colectivo en el que he participado con un capítulo que contiene el resultado de mis investigaciones sobre Mencía de Salcedo, la ideóloga y fundadora del Señorío.
Una brava mujer de origen encartado que se hizo “Señora” porque pudo y porque quiso… Como tiene que ser.
El Aula de Cultura de la Diputación Provincial de Jaén, acogió también la presentación de esta publicación, que cuenta con la participación de un puñado de historiadoras/es e investigadora/es de diversas universidades de Andalucía y Madrid, así como del CSIC, coordinados por los profesores Francisco Javier Illana y José Miguel Delgado.
A continuación, os traslado un resumen de mi capítulo en forma de breve relato, sobre la interesantísima historia de “Mencía de Salcedo, la Señora de Noalejo”.
En el mismo tiempo en el que a Isabel de Trastámara le rondaba el ansia de ser reina del extenso territorio que llegaría a denominarse España, en el Valle de Salcedo de Las Encartaciones vascas, en la gran sala de la casa-torre de Mendieta en Zalla, se reunía la rama de su más recia estirpe. El asunto a tratar no era menor, ya que habrían de decidir si tomar el camino de la ley o el de la venganza tras dar sepultura a un pariente abatido de saetada en una refriega banderiza. A resultas de tan acalorado cónclave el clan decidió tomar el camino más sereno.
Con derechos de hijosdalgo resolvieron poner en conocimiento de la reina la afrenta sufrida y el mensajero de tan doliente querella habría de ser un joven sobrino del finado que vivió los hechos de cerca y en los que incluso pudo haber intervenido. La primera tarea del obediente Juan habría de ser la de localizar a la tía Teresa de Salcedo, hermana del asesinado y, a la sazón, fiel servidora de la reina.
Como buena vasca del final de una dura era, Teresa no cejó en el empeño de conseguir justicia, logrando audiencia con la reina Isabel I de Castilla, su señora.
Tras la exposición de hechos, los demandantes recibieron comprensión y recompensa al haberse sometido a la norma imperante. De modo que el joven Juan logró un alto puesto en las caballerizas de su majestad, ademáas de su casamiento con Juana de Santacruz, una moza de Arzentales, que también entraría al servicio de la reina como lavandera.
Aquellos jóvenes prometidos, abandonaban heredades y tierra vasca para tomar sus oficios en la corte de la reina. Sin embargo, a los pocos años de ganar Granada al poder nazarí, el destino propiciaría un cambio en la casa real a causa del fallecimiento de Isabel, la reina portuguesa hija de los Reyes Católicos. Ante tal situación, Isabel y Fernando, decidieron casar a otra de sus hijas con el viudo Manuel I.
En consecuencia, María de Aragón abandonaría su país para cogobernar el vecino y la elección de la corte que la acompañaría no era cuestión menor. Sabido es que la reina Católica no dejaba nada al azar, de forma que incluyó entre el séquito castellano a un matrimonio fiel, el formado por Juana de Santacruz y Juan de Salcedo.
Corría el 1500, un año en el que se estaban abriendo paso nuevos modos de mirar, el principio de un tiempo al que nuestra imperiosa necesidad de parcelar lo divino y lo humano vino a denominar Edad Moderna. Momento en el que la embrionaria España continuaba afrontando los poblamientos de tierras, máxime en las franjas territoriales que habían sido tensos escenarios de frontera.
En esa naciente España, numerosos nobles varones habían obtenido donaciones reales en compensación al arrojo mostrado en las batallas. Siendo este el modo, en el que, algunas décadas después, el territorio estaba prácticamente repartido. Sin embargo, aún quedaban algunas de aquellas angostas longueras que, de parte a parte o de raya en raya, permanecían como tierras de nadie. Lugares que sirvieron de marco para los rifirrafes bélicos de las vanguardias, coexistiendo como espacios de mullido verdor donde hacer parlamentos en un “ten con ten”; los mismos prados frescos en los que pacer las cabras del uno y del otro costado, mas sin rebasar el tiempo acordado: el que duraba una jornada.
Algunas de estas tierras de parlar, luchar o pacer, décadas después, aún permanecían sin un dueño que dispusiera su producción, por lo que se las venía denominando con el nombre de entredichos. El nuestro fue mentado por los árabes como Nawalis, con significado de “ganar un amor apasionado”, mismo espacio que los cristianos llamaron Nohelexo, que bien podría significar en el confín, en las afueras o en aquella línea que nos separa.
De este o de aquel modo, con uno u otro nombre según gentes y voces, venían siendo días en que dos potentes concejos, el de Granada y el de Jaén, andaban a la greña burocrática para ganar señalamiento y lugar en el que se situarían los mojones que enmarcaran el ensanchamiento de sus alfoces.
Sin embargo, el todopoderoso destino tenía sus propios planes para aquellas prietas montañas cuajadas de serpenteantes veneros que horadaban la piedra viva y envanecían la tierra calma.
Entretanto los veintitantos caballeros veinticuatro de una u otra ciudad atendían de boca o por letra las novedades ofrecidas por sus respectivos comisionados en el asunto de las reparticiones del entredicho en pleito, (que si tal hito acá o allá), vino a producirse un casamiento imperial que daría al traste con los concejiles intereses.
El caprichoso sino propició que en la corte portuguesa que cruzaba la raya camino de Sevilla para la boda de Carlos e Isabel, vinieran destinados los servidores que tiempo atrás acompañaron a la reina María en su camino inverso, los que ahora serían nombrados como el séquito portugués de Isabel, la hija de María y Manuel, reyes del país vecino.
Aquella celebración de luenga luna de miel hizo su recorrido por tierras sevillanas, cordobesas y jiennenses, con destino final en la bella y legendaria Granada. Sin embargo, a pocas leguas de su destino habrían de cruzar unas arduas montañas que en tiempos pretéritos, y por su gran elevación, las habían nombrado como la Sierra Mágina. Transitar ese último obstáculo natural suponía una intrincada tarea.
De forma que, a lomos de armoniosa caballería, en aderezada jamuga, cabalgaba la hija de aquel matrimonio encartado. La dama era doña Mencía de Salcedo, mujer emprendedora que por su condición y trabajo se venía configurando como una de las más fieles y diestras manos de la emperatriz, la reina que por más de siete años habría de ser gobernadora de las Españas.
Por los caminos reales marchaba el impenitente movimiento de la más extensa corte jamás vista, compuesta de portugueses, alemanes, castellanos, aragoneses… y aunque no siempre bien avenidos, sí organizados en una complicada logística primorosamente ataviada. Siendo el caso que en uno de sus tramos realizaba su labor el oficial “presentador de tablas”, cargo que ostentaba el hermano de nuestra influyente dama.
Un discreto Juan Lorenzo de Salcedo responsable de que las guarniciones de montura y demás aparejos en tabla, ricamente decorados, estuviesen dispuestos en el instante preciso ante cualquier contingencia. Ciertamente había de ser así, ya que a pesar de que el inicio del recorrido pudiera hacerse en cómoda carroza, con frecuencia la senda se volvía impracticable o angosta en exceso.
Mas ya fuera en carro o a lomos de armoniosas mulas, desde Portugal y oculta viajaba una fructífera semilla que se había implantado a modo de tenaz ensueño preñado de ancestrales leyendas medievales. Doña Mencía pretendía ser señora de vasallos, ella, a solas, sin un varón a su lado. Una dama ciertamente incómoda para un buen número de varones, pues sus hechos la revelaban como una mujer resuelta, muy cercana a la corona, bien formada e informada.
En una época en la que la mayor parte del info-entretenimiento de la población se basaba en las lecturas sagradas, el ambiente familiar alrededor de la candela era el lugar donde rememorar el día y generar la transmisión intergeneracional. Costumbre que a día de hoy, es posible que se encuentre en proceso de extinción.
Así pues, ese debió ser el modo en el que Mencía, desde niña, escuchara de labios de sus padres las leyendas que sustentaban el origen regio de la estirpe de los Salcedo. Narraciones que en el siglo XV recogía el historiador Lope Garcia de Salazar.
Aquella crónica constataba cómo en el siglo XI, el conde don Rubio se había enfrentado a su tío abuelo el rey de León, extremo quemotivó su marcha, junto con sus caballeros hacia Las Encartaciones de Vizcaya. Y, allá, desde una roca con el valle bajo sus pies, don Rubio lanzó una vara que al llegar a su término le indicó el lugar en el que casaría con la hija del más noble y en el que edificaría su casa-torre. Y fue así como se fundó el primer señorío de Salcedo en aquel valle de muchos salces.
Sin embargo, no acabaría ahí el legado de sus ancestros, pues su linaje contenía otra rama real.








