Montserrat Rayo reflexiona sobre la historia la Señora de Noalejo, una brava mujer de origen encartado

MONTSERRAT RAYO

Esta segunda crónica relataba cómo en el tiempo en el que don Alonso reinaba en Castilla, entró a su servicio don Vela Sánchez, hijo bastardo del rey de Aragón. Cierto día, andando el rey don Alonso de correría vio una tierra que no estaba colonizada, momento en el que sus caballeros le propusieron que la poblase, a lo que el rey contestó que así lo haría si hubiese quien se hiciera cargo. Ante aquel reto, el conde don Vela pidió que se le concediera tal merced. Siendo el modo en el que los caballeros dijeron al rey:

  • Señor, áyala. (Señor, sea así).

A lo que el Rey añadió:

  • Pues, aya la. (Hela ahí).

En consecuencia de sendas crónicas cargadas de leyenda, o viceversa, podemos deducir que doña Mencía de Salcedo procedía de un importante linaje de hijosdalgo de Las Encartaciones vizcaínas.

Si miramos aquella pretensión femenina con ojos de la recién rebasada Edad Media, la aspiración de doña Mencía constituía un proyecto más propio de varón e incluso no por cualquiera. Tamaño logro, el que una mujer gestase un señorío desde sus cimientos contravenía costumbre y ley. Mas nada era imposible para una inteligente dama que bien podría haber nacido entre las lonas del campamento de Isabel la Católica. Adiestrada y curtida por los recovecos de la corte e inversionista con criterio y acierto, encontró el momento idóneo para solicitar a su señora la merced del lugar elegido.

La sororidad comenzaba a funcionar en un momento en el que la joven emperatriz Isabel se convertía en solvente gobernadora, pues, como bien es sabido, la cabeza del rey Carlos estaba más atenta a la corona quinta heredada de Alemania que a la primera de España.

Así pues, a pesar de que la idea podía constituir un sinsentido, un hecho contra natura, rayano a un pensamiento impropio de una dama, aquella brava encartada a la que podríamos catalogar como de prefeminista, no cejaba en su empeño de configurar un proyecto global tintado de un humanismo procedente del influjo del lado femenino de la corona imperial.

Con los pies en la tierra elegida, sin guerra ni lanza o caballeros en derredor, pero con el amor propio en perfectas condiciones, nuestra dama hizo valer sus méritos y poniendo a prueba la sororidad de entrambas lanzó su petición de merced de los Entredichos de Nohelexo.

Y así fue como vino a concedérsele el terruño de sus amores, el primer paso para la elevación de su proyecto, llegando más adelante su consolidación al obtener la jurisdicción de manos de Juana de Austria, otra mujer con poder a la que sirvió y la que regentó España en el tiempo en que se ausentó su hermano Felipe II.

Y todo lo cual ocurrió a pesar de los patriarcales obstáculos del poder. Pero el pueblo llano, con su humilde sabiduría y su veraz literatura oral, premiaba las gestas memorables con buenas leyendas, de modo que hizo nacer la suya de un mito de paz y vida, cargado de un impecable marketing que atraería a un buen puñado de colonas y colonos a un lugar repleto de agua y rebosante de salubridad.

Doña Mencía, la dulce mano que cuidó a su emperatriz en vida, la misma que la vistió en su postrer lecho, no solo había logrado su señorío y alzado su pueblo sino que consiguió algo aún más difícil: el cariño de sus labradores, pues de la señora del Noalejo, y de generación en generación, tan solo nos ha llegado el relato de la gesta de su fundación en forma de sencilla y blanca leyenda. Esta que a continuación les traslado con una pincelada personal y con el final en euskera, pues considero que esta sería la lengua que los Salcedo hablarían alrededor de su lumbre:

“El destino me trajo hasta esta tierra de nadie, un lugar batallado por los moros de Granada y los cristianos de Jaén.

En la penúltima jornada de nuestro viaje, a lomos de una mula torda, atravesaba la Sierra Mágina hasta que en un alto de la senda percibí un horizonte cuajado de resplandeciente nieve. Pregunté al que hacía de cabeza de la comitiva y me nombró a la Sierra Nevada, aquella que a sus pies cobijaba a la sin par Granada. Mi corazón volcó con tal emoción que hasta el de mi emperatriz sintió el reclamo. Al poco, noté que el desasosiego descendía hacia mi tripa.

Pararon las reatas y me dieron de beber el agua de un venero que hacia su camino cayendo hacia un chisporroteante pilarillo. De inmediato sentí la mejoría de todos mis achaques. En aquel instante, mi señora y yo cruzamos las miradas y ambas sonreímos, pues al preguntar por la seña del lugar nos dijeron que lo nombraban como el Nohelexo, a lo que echando a rodar tal palabra, respondí:

“Sea pues, que de aquí no alejo.”

“Ez naiz, bada, hemendik  urruntzen.”

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

  • Rayo Olmo, M. (2025). «Doña Mencía de Salcedo. La Señora de Noalejo». En Illana López, F. J. & Delgado Barrado, J. M. (coords.). El señorío de Noalejo (siglos XVI-XVIII). Repoblación y poder señorial en un territorio de frontera (pp. 51-96). Madrid. Dykinson.