Salvador Compán / Fotografía: Panorámica de Úbeda amurallada. José Manuel Pedrosa


ARTÍCULO PUBLICADO EN ALMA DE PUEBLOS EL 29 DE ABRIL DE 2021

 

           Hay territorios como Jaén que transitoriamente fueron destino o morada y, luego, con los giros azarosos de la historia, quedaron relegados a las funciones subalternas del camino, de facilitar el tránsito hacia otros lugares. Brillaron durante siglos, se colmaron de la esencia de ese tiempo, y fueron abundantes en hombres y acontecimientos hasta que la historia se alejó de ellos al desviar su curso, como un río que tiende siempre hacia los espacios fáciles, buscando las cotas más bajas.

            Sin embargo, estos territorios han sido solo rozados por el abandono a causa quizá de haber mantenido viva aquella raíz del pasado que aún los sostiene con una clara voluntad de resistencia, de no resignarse a la marginalidad. Aunque vivan en la aparente ralentización de la espera, su presente es el de la esperanza, el de conseguir construir diques y acueductos para que regrese aquel río huidizo de la historia. No es, pues, la nostalgia del esplendor pasado lo que puede atar a estos territorios sino que, justamente, es el hecho de mirarse en ese espejo lo que puede desatarlos.

            Cuando la guerra era el pan y la ganancia, Jaén fue imán y frontera, territorio de fricción y de fortuna. Fue la neopatria provisional que se crean tras las batallas, desde las que libraron los romanos por el dominio del valle del Guadalquivir hasta las que llevaron a cerrar el ciclo de la Reconquista. Solo cuando las armas se apaciguaron, la tierra pudo dar el extraño fruto de esas guerras al revés que fueron las particiones y repoblaciones, la aparición de la nueva nobleza salida de las refriegas, las fundaciones de órdenes militares y de conventos o los litigios de medradores de todo tipo que vinieron al reclamo de la riqueza.

            Toda esa resaca del tiempo no dejó despojos ni caos sino un hermoso paisaje cultural. Esencialmente, dejó una cultura humanista, el Renacimiento, que consideró por primera vez al hombre como orgulloso dueño y centro de un mundo que ahora quiere hacer a su medida. Este poso renacentista, tan arraigado en Jaén, derivaría en una especie de norma de la razón o de sentido de la armonía que parece prolongarse para tomar presencia por todas partes: en las construcciones civiles del Barroco y de los siglos posteriores, en el pensamiento ilustrado que Olavide trajo a Sierra Morena; en la serena geometría de los olivares o en la comedimiento de las caserías, de los elementos de la arquitectura popular o en el carácter de personas y costumbres.

            Por otra parte, ese pasado de esplendor se ha refugiado en una orografía de gran belleza, hecha de paisajes ondulantes, limados por los cultivos, que colman toda la amplitud de la depresión del Guadalquivir, a su vez arropada por un semicírculo de montañas donde figuran espacios tan sugerentes como los tres parques naturales con los que Jaén, como si la naturaleza la acastillara, defendió desde siempre su perímetro. A estos cordones montañosos que, como Despeñaperros obstruyeron las comunicaciones de Jaén, podemos atribuirle en parte la bondad de haber actuado como un conservante del tiempo y de mantener con relativa pureza la cultura histórica del territorio hasta el punto de que hoy nos encontramos con un territorio de resistencia a la degradación especulativa, con un reservorio de elaborada cultura, con una especie de ecosistema del paisaje del olivo, de la etnología y del arte. 

            Podríamos sentir aquí la tentación de contentarnos con la idea consoladora de que en estos lugares pesa más su pasado que su futuro, cuando en realidad ese planteamiento no es solo una concesión al fatalismo sino una desnaturalización de las mismas leyes del pensamiento que no establecen nunca una exclusión entre pasado y futuro sino una relación acumulativa, de inclusión o de causalidad entre ambos. Lo que quiero decir es que el futuro siempre lleva dentro de algún modo al pasado. O que el pasado no es un peso muerto sino un principio activo que puede avivar al presente para que rente beneficios.

            A la hora de plantear ese futuro, Jaén ofrece una antigua norma de conducta, la misma que ha humanizado al bosque de olivos, a la honradez esencial de sus gentes o a la arquitectura de Vandelvira, la misma que, aunque favorecida por el subdesarrollo, ha supuesto el beneficio de conservar intacto su patrimonio. Esa norma dicta que habría que ser respetuoso con la herencia humanista que cimenta a Jaén mientras se la potencia dotándola de toda la infraestructura necesaria que la haga más visible y más aprovechable, más cercanamente vivida por más personas. Parece necesaria una economía que, con el avance del teletrabajo, tendría que finalizar las autovías y las conexiones ferroviarias pendientes, tender redes de fibra óptica por todas partes, y apoyar la investigación, cualquier empresa cuya iniciativa pueda sobresalir por encima de la globalización o, especialmente, las que busquen proteger y desarrollar los recursos naturales y los derivados agrícolas. Pero nunca habría que olvidar las inmensas posibilidades de desarrollo que ofrece el recurso inagotable de nuestro pasado, de un patrimonio que reclama prolongarse y desglosarse en muchos aspectos que pueden ir más allá del mero turismo.