Salvador García profundiza sobre las raíces de este municipio de La Loma y pone el broche con el poema «El mago de las eras»

En el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, esa magna obra publicada por Pascual Madoz entre 1845 y 1850, se recogen en su tomo número XIII las referencias a Rus: “situado en un corto valle orientado de Este a Oeste formado por las dos colinas llamadas de Santiago y la Costezuela”, con un clima que califica de “templado y sano”. Se hace mención también a un “terreno muy productivo y una gran parte de huerta que cultivan los locales con el mayor esmero e inteligencia”. Por aquel entonces, se nos dice que sus campos producen “trigo, aceite y vino y que son principales la cebada y otras semillas, legumbres y hortalizas, con algunas frutas, especialmente ciruelas; cría de ganado lanar, cabrío, vacuno y de cerda, y con caza menor”.

Mucho han cambiado los tiempos. El monocultivo del olivar, como nos advierte con numerosas pruebas Francisco Pulpillo Ramírez, ha ido produciendo una degradación en la fauna y la flora de nuestro entorno llevando también a la agonía de las viñas y el cereal y reduciendo las huertas a su mínima expresión. Para colmo, empiezan a aparecer esas amenazadoras calvas en terrenos fértiles que, cubiertas de paneles fotovoltaicos, esconden su amenaza de empobrecimiento agrícola y de mano de obra bajo el eufemismo de “huertos solares”.

Ante este panorama, que nos debiera llevar a una honda y urgente reflexión sobre hacia dónde vamos en esta loca carrera por la productividad sin medir las consecuencias, este año he querido escribir mi colaboración en el programa de Feria haciendo un pequeño homenaje a todos aquellos que con el agua de su noria y sus albercas y la magia de su trabajo convertían las eras de sus huertos en verdaderos jardines de frescura y abundancia.

EL MAGO DE LAS ERAS

         A mi tío Antonio Fernández

A las nueve regresa el hortelano

con sombrero de paja, manga larga

y un ancho pantalón por los tobillos.

Lleva una bolsa en la derecha

con su dádiva antigua

de tomate, pimiento y lozanía

recién amanecidos.

En la izquierda le cuelga un tornasol:

plenilunio de agosto.

Conoce bien la turgente frescura

que rezuma en los surcos

cuando giran las norias

en sentido contrario al de la flama

con que empaña el verano

la piel de las ciruelas.

Lo cobija un aroma de racimo

bajo el recio nogal

mientras lava los frutos más recientes

que entre helada y tormenta

presumen de abundancia en los canastos.

El exiguo venero

dirige con monótona batuta

la calma en su murmullo

sobre la superficie de las ovas.

Una ambigua marea a cielo abierto

le madura al unísono

el jugoso zumbido de los guindos

junto al dulce pausar de la bonanza.

Se empecina la higuera en ser silvestre.

Centellea la euforia de los pájaros.

Todo es afable, álgido, liviano,

en el sol sostenido de su huerta.

                                                        Salvador García Ramírez